La obra de arte no es eterna.
El objeto, la materia, se deshace, descompone, destruye. Las huellas del tiempo siempre son visibles, ni el mejor de los restauradores es capaz de eliminarlas por completo. Pero cada capa de polvo, cada pequeña grieta, cada mancha, son una parte de la obra tan importante como la última pincelada o el último golpe de formón del artista. Nos hablan de la historia del objeto, de cómo se va componiendo/descomponiendo, términos aparentemente antagónicos, pero hechos simultáneos en el tiempo. Mientras crecemos, morimos.
La obra está viva.
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